Año 2500. La fábrica de clones, réplicas
exactas en su apariencia a los seres humanos que los fabrican, está a pleno
rendimiento. Hace ya mucho tiempo que la preocupante disminución de la
natalidad ha obligado a perfeccionar las técnicas para la obtención de replicantes. La escasez de mano de obra ha
hecho que sean imprescindibles como fuerza de trabajo de bajo costo en todos
los procesos productivos.
La similitud es asombrosa. Distinguir a un
replicante de un humano, es muy difícil. Pelo, piel, órganos, fluido rojo y
espeso imposible de distinguir de la sangre humana, voz, gestos, ademanes, todo
incide en que esa semejanza dificulte su identificación. Tal vez sólo se puedan
distinguir porque sus circuitos neuronales están diseñados para estar al
servicio de los seres humanos, obedecerles
y para ser incapaces de causarles algún
daño.
En el transcurso de tamaña revolución
tecnológica que ha durado siglos, el hombre ha ido adaptándose a la misma
dejando por el camino las cualidades que en las antiguas culturas distinguían a
los de su especie. La capacidad de sentir emociones ya no existe en su
robotizada escala de valores. Se ha vuelto insensible y frío, Ha hecho
desaparecer de su herencia genética, los procesos que antaño le llevaban a
experimentar todo tipo de sentimientos. Tal vez sea esa la más importante
diferencia con respecto a los replicantes. Estos, por un capricho de sus
diseñadores, aunque no han sido programados para emociones negativas, sí que lo
han sido para reir, alegrarse, ser solidarios o amar.
No falta mucho, apenas nada, para que se invierta el signo de la Historia
y sean los replicantes, los únicos que a diferencia de sus creadores sean capaces de experimentar sentimientos
positivos y por tanto, los que asuman la responsabilidad de perpetuar
la existencia de vida sobre el Planeta Tierra, dirigiendo y controlando la
actividad humana.
Más réplicas y contraréplicas en lo de Gustavo











